AYUDAR A MORIR, ACTO SUPREMO DE AMOR

Autor: María José Mas Marqués



Alba viene a mi consulta animada por un amigo común que conoce mi trabajo y, básicamente, para que yo la ayude en su proceso emocional.

Va vestida de negro, está demacrada, los ojos hundidos, sin brillo, es menudita (o me lo parece), insignificante.

Por un momento la imagino cómo sería unos meses atrás y la veo erguida, hermosa y serena.

-Cuéntame- le digo, sonrío y callo mientras pongo la fecha en su historia:

29 de abril de 2003.

“Trabajo como administrativa aunque ahora estoy de baja. Tengo 24 años, soy soltera y vivo en pareja; pronto nos vamos a casar...” un breve silencio y apenas un sollozo contenido mientras a mi, un escalofrío me recorre la columna vertebral.

Sigo escuchando sin interrumpir, respetando su silencio.

“Tengo cáncer (me mira fijamente y evalúa mi expresión; yo mantengo una sonrisa de complicidad y desde mis pupilas la animo a continuar).

Casi en un susurro, prosigue:

“Cáncer de piel y de pulmón. Me han eliminado un quiste de la piel y actualmente tengo nódulos en el pulmón. Después de un tratamiento de quimioterapia muy agresivo he estado dos semanas en la UCI. El oncólogo me ha dicho que no hay nada que hacer, que me quedan dos meses de vida... Estoy un poco desesperada...”

Me cuenta que la visita un Naturópata de Madrid con periodicidad mensual, que la ayuda mucho y está muy contenta. También ha pensado en la Medicina China pero ha probado tantas cosas que está muy cansada. Ha perdido la esperanza y para los aspectos emocionales ha pensado en mí..

Prefiero no hacer preguntas para no ahondar en el dolor y sigo escuchando:

“No merezco lo que me está pasando; la vida me está tratando muy mal.”

Habla de forma inconexa:

“Estoy nerviosa porque no me gusta hablar de mis cosas. No veo la salida y no me quiero morir”. Se echa a llorar.

Durante su llanto le explico que nadie puede pronosticar con exactitud nuestro final y menos con tanta precisión.

“No cabe duda de que te vas a morir –le digo- como yo, como todos” y le recuerdo una frase de Rafael García Serrano: “La vida es una enfermedad mortal” y- añado- “congénita”.

Sonríe.

Le propongo una visualización con el fin de que se serene y se relaje. Me comenta que le gustan los ángeles y la visualización se centra en Rafael, el arcángel de la sanación, el mar en calma (porque le gusta el mar) y al finalizar me comenta que se siente abrazada por las alas del ángel. Su respiración es mucho más armónica. Le aconsejo que cuando se sienta triste evoque este instante en que se ha sentido arropada, acogida y protegida.

Le preparo una fórmula con:

Gorse, para que no tire la toalla,

Lavender, para que se serene,

Hyssop, por el resentimiento, la tristeza, el miedo... es una esencia de muy amplio espectro.

Macrocarpa, para la fatiga, el agotamiento,

Fireweed, por el deterioro de la quimio, por la desolación

Crowea, por ese no sentirse bien, que es constante.

A los quince días viene más tranquila (sigue vistiendo de negro y estamos en plena primavera).

Le alegra la idea de saber que alguien la escucha y le hace caso. La gente no la entiende. Está más animada hasta el punto que se siente capaz de luchar e incluso vencer a la enfermedad. Le gustaría pedir el alta pero tiene miedo de no estar a la altura en el trabajo...

Empieza ya a explicarme problemas familiares que no voy a detallar; con el hermano, la hermana, la madre... Todo su discurso es como un batiburrillo en el que lo único que aparece con claridad es la rabia. Todas las situaciones la ponen rabiosa. Le tiene rabia a su hermano... y la palabra rabia toma el protagonismo absoluto. Se lo hago notar y me lo confirma, aunque lo que más le preocupa es su problema en el que no deja de pensar.

La segunda fórmula está compuesta por:

Larch, para que se sienta capaz

Holly, casi con mayúscula por el protagonismo

Fireweed, por el deterioro

Boronia, por la obsesión y su sensación de tener el corazón roto

Rafael, la esencia angélica de sanación,

Macrocarpa, que trabaja tan eficazmente las suprarrenales y, por tanto, la energía ancestral.

Quince días más tarde llega con la rabia a flor de piel. Quiere tomar Biobac y lo han retirado. Está obsesionada con el tema y se pasa el día recogiendo firmas. Su preocupación gira entorno a la impotencia ante la imposibilidad de obtener Biobac, la rabia hacia su hermano y su ahínco por conseguir firmas.

La fórmula en esta ocasión es:

Holly, que no precisa explicación,

Rosa de montaña, para aquietar los pensamientos parásitos,

Fireweed, porque, como catalizador, se inscribe en un marco de transformación espiritual, más allá de lo puramente físico.

Macrocarpa, deterioro, agotamiento

Vervain, por la cruzada que emprende por el Biobac

En cada una de las sesiones continuamos con el ejercicio de visualización porque ella me lo pide.

En la siguiente consulta (junio está ya avanzado y sigue de negro) me dice que unos días está muy irritada y otros hundida en la miseria. Empieza a llorar y entre sollozos me cuenta que no había llorado desde hacía muchísimos años...

“Cuando murió mi padre –dice- yo tenía nueve años y no podía dejar de llorar. Ya en el cementerio, mi tía me dijo que ya estaba bien y que dejara de llorar porque la cosa no era para tanto” ... y no volvió a caerme una lágrima hasta que te conocí en Abril.

Realmente hay tías (y me refiero a las biológicas aunque lo podríamos ampliar en tono peyorativo) a las que se les debería dar un buen repasito... ¡Qué impresionante falta de amor comprensión hacia su pequeña sobrina...!

Dolor sofocado, lágrimas que cristalizan, cáncer de pulmón...

A propósito de las lágrimas que no se derraman me viene a la mente un diálogo que mantienen Sofía y su hermana Carlota en Werther (de Goethe). Sofía llega a casa de su hermana y nota que ha llorado, le recrimina y Carlota le responde (no lo cito de forma textual): “deja que mis lágrimas corran, me hacen bien. Las lágrimas que uno no llora se quedan todas en el alma y esas pequeñas gotas pacientes, golpean el corazón triste y decaído; cristalizan y finalmente rompen la resistencia, el corazón se debilita y se resquebraja, nada lo llena más que el dolor y es tan frágil que todo lo lesiona”.

¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas cosas pasan por nuestra mente ante el dolor del otro? ¿Cuántas veces el dolor del otro es el mío propio que vivo y redimo con mi paciente...?

También me habla de rabias imprecisas, no sabe a qué... De miedos que tampoco puede definir, aunque yo veo claramente que se trata del miedo a la muerte, pero todavía no tocamos este punto porque ella no lo ve.

La fórmula que le preparo tiene:

Scleranthus, por el vaivén entre la irritación y el hundimiento.

Golden ear drops, por esas lágrimas no derramadas y enquistadas en el pulmón

Lavender, porque sigue muy inquieta.

Holly, y muy irritable

Aspen, para clarificar esos miedos.

Hasta aquí (salvo Aspen, de forma sutil) no hemos trabajado el miedo a la muerte, porque ella “no se quiere morir” y, por tanto, no hay conciencia de final de etapa. Todo sigue su proceso y a mi modo de ver, lo más importante es tratar de calmarla, de limpiarle la obsesión y toda la rabia infinita que la corroe.

Vuelve más animada. Hemos sobrepasado con creces “los dos meses” fatídicos (estamos finalizando el mes de julio).

“¿Quién es el médico para decirme cuándo me tengo que morir?”

Tras la revisión del oncólogo se ha observado que los nódulos del pulmón han disminuido. Ella sigue con las visitas del Naturópata de Madrid mensualmente.

Y yo, en la línea de no darle falsas esperanzas (ahí pasa una la cuerda floja...) y de no ponernos de parte de la enfermedad. Hablamos largamente de lo humano y de lo divino, dejando caer alguna semilla que en su momento fructificará pero sin abordar todavía el tema crucial de este peregrinaje, que, como cualquier otro, es también un camino iniciático.

Me dice que tiene los miedos más definidos: al mar, al metro, a los lugares cerrados, a las arañas...

Por primera vez le aconsejo que trate de vestir con algo de color.

Me dice: “me cuesta tanto elegir la ropa que me decanto por el negro porque es lo más fácil de combinar”.

Podría pensar en Cerato, sin embargo, mi modo de verlo es otro: hay mucha sombra por limpiar todavía y se nos está concediendo el plazo suficiente para que ella pueda realizar el trabajo personal que tiene pendiente (hacer las paces con los hermanos, la madre...) y yo deseo ser capaz de saber ayudarla en el proceso.

Está tan delgada que impresiona, pálida, es una velita que se apaga. Cuando se marcha no puedo evitar sentir una punzada en el pecho.

En la fórmula incluyo:

Scleranthus, por sus constantes altibajos

Black eyed Susan, para que descubra su sombra

Cuarzo rosa, para mitigar en lo posible el dolor de ese descubrimiento

Macrocarpa, por su evidente debilidad

Mimulus, porque ya empieza a definir sus miedos.

Pasa el verano y cuando la veo nuevamente llega con una camisa blanca, si bien el pantalón sigue siendo negro. A mi modo de ver el simbolismo está en que va limpiando las emociones aunque la región del sacro permanece en la oscuridad.

Tras una nueva exploración del oncólogo (siempre agresiva y dolorosa) se observa que los nódulos han empeorado. Siente que la vida se le escapa, pierde la esperanza.

Está sumamente susceptible, se autoculpabiliza de todo y dice: “Para que no me afecte tanto la opinión ajena me envuelvo en mi propia red”.

A pesar de su estado quiere volver al trabajo.

En esta ocasión la fórmula contiene:

Red grevillea, porque le afectan las opiniones y se siente atrapada

Alba rosa, porque devuelve la fe y la confianza en uno mismo

Echinacea, por la agresión de las pruebas que ella vive como un maltrato casi humillante,

Jasmine, para aclarar su pulmón

Hyssop, por esa culpa de todo y por todo.

Cuando en Octubre la vuelvo a ver, su camisa ya tiene color y, en adelante, irá variando los colores. Los pantalones siguen siendo negros.

Me dice que todo lo que hace, todo su esfuerzo, no le sirve de nada. Está muy cansada y sabe que se va a morir. Abiertamente me habla del miedo a la muerte. Su pareja (un chico maravilloso), la ayuda mucho aunque ella pierde el control constantemente, se pone histérica y todo ello la hace sentirse muy culpable por la vida que le está dando al chico.

De nuevo llora desconsoladamente y verbaliza el resentimiento hacia su tía, la que la reñía cuando lloraba en el cementerio, ¿recordáis?

Culpa a “todo Dios” como ella dice, de lo que le está pasando. Entre sollozos y gritos desesperados me habla de su padre, casi no logro entender lo que me dice.

Intento bromear y le digo que después de tantos años sin llorar se está poniendo al día. Sonríe.Le explico que trate de revivir el pasado, de reinterpretarlo desde el código del amor, porque desde ahí, sanamos las heridas de la infancia.

Realmente está hundida en la miseria. Sin embargo, siempre, al marcharse, sonríe o ríe abiertamente.

La fórmula en esta ocasión es:k

Waratah, por la desesperación infinita

Bush iris, como primer contacto ante el pensamiento de la muerte,

Southern cross, por la cruz que le toca llevar sobre sus espaldas. Por sentirse víctima de la enfermedad.

Hyssop, que la acompaña casi desde el inicio y le está ayudando a transmutar tantos sentimientos.

A la siguiente visita viene dándole la culpa a todo el mundo; está resentida contra todo. Algo más tranquila pero con el victimismo a flor de piel.

Es la primera vez que me atrevo a reñirla seriamente y casi la pongo contra las cuerdas.

Le digo que debe tomar conciencia de lo que está viviendo y empezar a trascender culpas, resentimientos e histerias. Le digo que está en la recta final y que tiene el tiempo suficiente para reconciliarse, perdonarse y tratar de comprender el propósito de su alma. Le hablo de la trascendencia, de que “este día de colegio” (como dice el Dr. Bach) debe vivirlo como un aprendizaje o no va a servirle de nada.

Me mira atónita. Es la primera vez que le hablo con tanta seriedad y ella está acostumbrada a mi comprensión.

Me da las gracias y me dice que cuanto le he dicho la ha tocado profundamente y añade, “además, me he quedado como una seda”.

Yo, la verdad, es que estoy rota y necesito recomponerme cuando ella se marcha.

Le doy:

Tránsito, porque ya es consciente de su propio final

Southern cross, para que le alivie esa cruz de su enfermedad

Hyssop, porque queda mucha culpa por redimir

Cuarzo rosa, para acariciarle el corazón.

Cuando vuelve en Febrero le comento que me van a operar, aunque todavía faltan unos meses. Es una pequeña intervención, pero, lógicamente, como toda operación, tiene un riesgo.

Nos reímos mucho y me dice: “Te prohíbo que te mueras antes que yo. Primero me toca a mí y te necesito mucho”. Ya empieza a hablar de la muerte con más naturalidad.

Me pregunta si tengo miedo a la operación.

-No, no lo tengo, respondo.

-Confío que todo va a ser lo mejor para mí y para mi aprendizaje.

Alba se sorprende de mis palabras y me pide que la apoye para que ella pueda asumir esas cosas que, según ella, yo tengo tan claras.

Nuestra conversación se prolonga.

Ya desde el inicio, cuando la cito, no tengo otra visita tras ella. En primer lugar para darle todo el tiempo que necesite, y, también, porque cuando ella se marcha a mí me invade un gran dolor y necesito mi tiempo. Es cuando reflexiono sobre la belleza de nuestra profesión y la importancia de vivirla desde el amor-comprensión y la entrega.

Me pide que le cuente cosas, quiere saber más, qué quiere decir morir...

Trato de averiguar hasta dónde quiere saber para no dar más información de la necesaria ya que podría inquietarla en lugar de darle paz. La tranquilizo, tenemos tiempo para ir profundizando.

Entre otras muchas cosas sé que le comento: “Tú no eres un cuerpo con alma, sino un alma con cuerpo y lo que tú eres trasciende de tu naturaleza física que sólo es tu vestimenta externa”. Le aconsejo alguna lectura, que medite sobre las cuestiones que comentamos y que recuerde que no va a ir a un lugar desconocido –ese es el miedo principal- sino a otras dimensiones donde podrá volar libre del peso de un cuerpo enfermo.

“Eso me gusta”, dice.

Poco a poco le voy explicando que podemos practicar nuestra propia muerte a diario, al ir a dormir, porque todas las noches dejamos el cuerpo. Si retiramos la conciencia de la cabeza, estamos aprendiendo a dejar el cuerpo. Requiere práctica, pero si nos vamos dando cuenta de lo que sucede, podemos entrar en niveles más profundos y, de este modo, vamos aprendiendo a morir.

Le digo que siga practicando las visualizaciones que hacemos juntas, que se relaje, que se llene de luz... Que recuerde visualizar sus pulmones, los nódulos y reducirlos mentalmente...La observo y me sonríe; sus ojos brillan, parece un ángel.

También le insisto, como siempre, en que no se abandone, que a diario debe tener un motivo para vivir.

La fórmula contiene:

Tránsito, que seguirá hasta el final

Lavender, para su paz y serenidad

Macrocarpa, porque la degradación va en aumento

Cuarzo rosa, para mantener su armonía.

Va distanciando las visitas (estamos ya en mayo) porque los tratamientos alopáticos son cada vez más agresivos –me cuenta en la siguiente visita- y muy duros. Yo casi no comprendo cómo es capaz de hacer el esfuerzo de venir a verme y de reírnos juntas. Creo que el sentido del humor no debe perderse jamás.

Me dice que sigue a rajatabla todo el tratamiento del Naturópata: lavativas a diario, baños depurativos, dieta rigurosa...

Ha ido nuevamente al oncólogo y éste le ha dicho: “no puede ser que tengas cáncer, de ser así ya te habrías muerto hace tiempo”. (Sin comentarios).

Por esas fechas se le ha empezado a complicar el hígado y entramos en la fase final.

Me confiesa que pese a todo cuanto le digo tiene muchísimo miedo y que cada vez que va a oncólogo se desespera:

Le doy:

Grey spider flower, para el terror

Fringet violet, para restaurar su red etérica y como protección psíquica

Macrocarpa, por el deterioro cada vez más evidente

Echinacea, por el maltrato del oncólogo

Tránsito, porque se va.

Regresa en junio y me explica un sueño:

Está buceando en el mar sin problemas de respiración. Puede nadar y vivir bajo el agua. Siente, de pronto, que la persigue un tiburón y ella, en lugar de tratar de huir, se encara y lo mira de frente. El tiburón también la mira, da media vuelta y se va. Entonces ella se convierte en delfín, esos seres marinos que son casi angélicos...

Le digo que ha sabido enfrentar su enfermedad, vencer los miedos y nadar entre sus emociones sin ahogarse..

Sonríe. Se siente más serena, cree haberse liberado de muchos miedos y de muchas culpas.

La fórmula está compuesta por:

Tránsito,

Cuarzo rosa

Angélica, para que no se sienta sola.

Delfín rosa, para que siga transmutando y para que el sonar de los delfines, la ayude a escuchar ese "otro" lenguaje y comprender.

Es la última vez que viene a la consulta.

En agosto nos encontramos por la calle, muy cerca de casa. Está delgada, demacrada, muy hinchada, tanto que parece embarazada. Al abrazarla la noto seca y dura, tengo la sensación de que es cartón piedra.. Me impresiono mucho. Sin embargo me alegra verla vestida toda de blanco... y pienso que ya es luz y está preparada para partir.

A finales de septiembre me telefonea su novio; dice que ella no me quiere molestar. Me cuenta que está bastante mal, que el oncólogo no la ha querido ingresar. Le administran mucha morfina porque no puede resistir el dolor. Él está desesperado porque no sabe qué hacer y necesita hablar con alguien.

Pocos días después la ingresan. Me lo comunica y me pide que, si puedo, vaya a verla. Tomo únicamente un frasco de Tránsito, trato de encontrar esa fortaleza que tenemos cuando es necesaria y voy al hospital.

Se alegra muchísimo de verme, sonríe feliz. Me pide que le haga un poco de masaje en la espalda porque le duele mucho y lo hago con unas gotitas de la esencia en las yemas de mis dedos, también a mí me va a ayudar a transitar por esta situación tan dolorosa. Nos dejan solas y empiezo a hacerle masaje metamórfico en los pies y en las manos. Se duerme con una sonrisa en los labios. La siento más cerca del umbral que de nosotros. Le acaricio la cabeza también, poniendo la esencia en los chakras superiores mientras, mentalmente, la lleno de amor. Llevo las heridas de su corazón al mío , desde ahí, trasciendo su dolor y le restituyo el corazón lleno de luz, de esa Luz del Alma que ya camina, ya vuela hacia el umbral y que regresa sana a casa, sin apegos, sin tristeza y con el conocimiento de saber quién es. En ese momento se despierta, me pide que siga con el masaje, le gusta mucho y le resulta muy agradable.

Me comenta que ya no tiene necesidad de esconder sus sentimientos. Que desea decirle a todas las personas que las quiere, incluso a sus hermanos...

“¿Te acuerdas de mi rabia? –y se ríe- , “¿de cuando te decía que mi hermano era un bicho con patas?”...

Las dos sabemos que es nuestro último momento de intimidad y que nos vemos por última vez. Está todo dicho. Veo en su mirada que es consciente de su partida y que se marcha en paz. Le recuerdo que no está sola y responde que siempre se acuerda del arcángel Rafael que la abraza y la acompaña.

En ese momento entra su novio y le enseño brevemente cómo hacerle el masaje metamórfico para que la ayude a dejar la materia. Alba duerme de nuevo. El chico está roto, suspira hondo y me acompaña hasta la salida.

Al día siguiente me llama para comunicarme que Alba ha fallecido. Es el 1 de octubre de 2004. Hemos transitado juntas este pasaje durante un año y medio.

Voy al tanatorio y compruebo que Alba ya no está allí. Ya se ha convertido en mariposa y disfruta de la levedad de su ser volando hacia su Paraíso.



E-mail: mjosemas@telefonica.net

 
     
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